INSPIRADORES DE SUEÑOS

Este es un espacio que creo desde mí humilde persona para recolectar todos aquellas creaciones que al conocer, experimentar y disfrutar, han transformado mi vida. Por dicho motivo, las comparto buscando ayudar a la transformación de quien guste, se atreva o simplemente busque transformarse. Porque la vida no es más que un infinito transito de mutación, donde aprendemos del resto, a través del uso consciente de nuestros sentidos.

AINDA DUO – CANCIÓN PARA BAÑAR LA LUNA



Palabras sabias de un amante de la democracia.



LOS PAÍSES POBRES NO TIENEN ECONOMÍA, LA ECONOMÍA LOS TIENE A ELLOS (*)

9789504923787No reniego de lo que escribí en el pasado. Mi historia intelectual no empieza a partir de un año que yo determino aunque haya escrito montones de páginas antes. Hay libros que forman parte de lahistoria de uno, ya no son uno, ya no lo representan. O por decirlo con más claridad: no representantal vez lo que uno piensa hoy, pero representan lo que uno ha pensado y ha sido. Con todo, hay certezas del pasado que perduran. En octubre de 1972 salía el número 7 de la revista Envido, “Revista de política y ciencias sociales”, y en la tapa llevaba un título que decía: Perón vuelve. “Ustedes están locos”, nos decían. A veces, en lugar de locos, nos decían en pedo. Pero era lo mismo: nosotros entendíamos. ¿Qué quería decir eso? Que nadie sabía si Perón regresaba o no. El régimen lo decía que no. Lanusse decía que no le daba el cuero. Nadie se jugaba por nada. Todos eran la cautela misma. Nosotros pusimos: “Perón vuelve”. En la tapa, bien grande. Era una imprudencia o, sin más, una locura. (Nota: Envido, que dirigió Arturo Armada, fue la revista teórica de la Juventud Peronista hasta que dejó de salir, para mí, en mayo de 1973, aunque hubo un número posterior hacia fines de ese año. Este número ya no nos nucleaba a todos. Fue fruto de ingratas, terriblemente fogosas discusiones que tuvimos. Montoneros pidió la revista y algunos nos opusimos a regalársela. “Si se la quieren ganar que se la ganen desde adentro”, dijo Miguel Hurst, “Que pongan a alguien en el Consejo de Redacción”. Discutíamos con tanto alboroto que cierta vez Jorge Luis Bernetti dijo: “¡Esta es la peor reunión de JP en la que estuve!” Pero fue Carlos Gil, del Consejo de Redacción, el que graficó todo de un modo, para mí, memorable. Pidió silencio. Milagrosamente lo obtuvo y entonces dijo: “Esto es puterío”.) En ese número de Envido salía una larga nota mía. Uno de sus títulos decía: “Los países dependientes no tienen otra posibilidad que la política”. Si ustedes se bancan la palabra defenestrada por la academia de los ’80, la palabra dependencia, les aseguro que suscribo todavía hoy esa afirmación. Y cito: “Dijimos que en los países dependientes la región política era dominante. Y esto se debe, en lo esencial, a que son países pobres, económicamente débiles. Pero no son dependientes porque son pobres, sino al revés. Y esta dependencia les ha sido impuesta por las naciones imperialistas, quienes han realizado su política de dominación con la más poderosa de sus armas: la economía. ¿Por qué el librecomercio de Smith y Ricardo? ¿Por qué esa confianza en la mano invisible, en las leyes objetivas de los procesos? Porque ahí ganaban ellos, los dueños de la economía. Lo dice Canning cuando festeja la liberación de Hispanoamérica: “Si llevamos bien los negocios es nuestra”. Nada de cañonazos ni soldados, la economía se encargará de la política de dominación (…) ¿Qué les queda a los países dependientes? Solamente la política (…) Sólo quienes poseen la economía pueden hacer de ella su arma de combate y confiarle sus proyectos políticos. Pero los pueblos sometidos no tienen economía, la economía los tiene a ellos” (JPF, “Sobre el peronismo y sus intérpretes”, revista Envido, octubre de 1972, N° 7, pp. 30/31. Algunas bastardillas son de entonces. Otras las añadí ahora).

Jamás renegaría de esa frase. La escribí hace treinta años. La encuentro saludable y útil todavía.Los pueblos sometidos no tienen economía, la economía los tiene a ellos. No es que un país pobre, un país del Tercer Mundo o un país del Mercosur no tenga economía. La tiene. Mas la economía que tiene es la economía del dominador. La economía que tiene es el instrumento por medio del cual el dominador ejerce su dominación. La economía que tienen los tiene, los sujeta, los aprisiona. La economía del dominador tiene la economía de los países subalternos. Esta tenencia se ejercita por medio del poder interno de esos países, cuyos intereses son aliados de los intereses del dominador. Los grupos más concentrados del poder de nuestro país quieren el ALCA porque quieren seguir los lineamientos que dicta la potencia hegemónica de la región, que es, desde luego, Estados Unidos. Morales Solá, que es un periodista coherente y que expresa con claridad lo que piensa y los intereses que representa, jamás apoyaría el Mercosur. Su diario es un aliado central de la política exterior de Estados Unidos en América Latina. Lo es también ese señor de la sonrisa un poco boba pero que también puede leerse como burlona, esa sonrisa que te dice: “Nunca serán libres, idiotas. Serán patio trasero y aditamento más o menos digno de la gran potencia del Norte hasta que se pudran como podrida está una manzana cuando los gusanos han hecho de ella su cómoda vivienda”. Ese Oppenheimer, sí. Esos tipos están bancados por el Imperio. ¿Qué dicen todo el tiempo? Dicen: “Libremercado y democracia”. Lo de la democracia es una farsa porque se han burlado de la democracia impunemente siempre que lo han querido hacer. Pero lo del libremercado, ¡ése es el mensaje del señor Oppenheimer! Abran sus puertas, déjennos entrar, es el modo en que entrarán a la supramodernidad imperial siglo XXI. ¿Para qué el Mercosur? Esa es una idea del siglo XIX que costó la vida de Sucre y Bolívar y que ahora impulsa ese histriónico de Hugo Chávez, a quien ya le hicimos un golpe y no bien tengamos una brecha le haremos otro. En suma, quieren entrar con la economía porque la economía sigue siendo su principal arma de dominación. El verdadero poder de la Argentina lo sabe. Si Estados Unidos entra, entra para darles poder a ellos. Para ejercer la dominación económica vehiculizada por medio de sus socios locales, que son sus socios supranacionales, dado que no existe una “burguesía nacional”. Eso murió. La globalización globaliza el poder de la economía y lo disemina por el mundo. De aquí que la consigna que comento tenga todavía fuerza de respuesta antiglobalización: queremos que nuestra economía sea nuestra.

Pero si no se afirma en una política que pueda enfrentar –en lo posible desde el Estado y la movilización de las masas, del contrapoder, de la multitud, de lo que quieran pero de alguna forma de participación popular que haga del pueblo el sujeto de la política– los resortes de la economía que el poder maneja ocurrirá lo que ocurrió en la década del noventa. El Estado es sometido a desguace, se lo desmonta o, si quieren, se lo deconstruye (de donde vemos qué bien le viene el posmodernismo a la fragmentación que propone el mercado y a la aniquilación del Estado en tanto elemento totalizador o totalitario, marxista y dialéctico) y nada queda para enfrentar el asalto de la economía al poder. No hubo política en los noventa. La política se hizo por medio de la economía. La política la hicieron los grupos de poder. El Estado se la entregó. Las clases sociales admitieron la marginación, la exclusión de inmensos contingentes de ciudadanos y vivieron la euforia del “uno-uno”. Denle un dólar barato al argentimedio y votará a Belcebú. Denle poder adquisitivo y comprará mercancías a destajo, y le vendrá el pánico porque tiene mucho y no hay Estado. Con lo cual le pedirá al Estado que le asegure lo que tiene. Pero lo que tiene lo tiene porque no hubo Estado. O porque las mafias se apoderaron de sus resortes. Pedirá seguridad a cualquier precio. Se sentirá interpretado por la frase de Ruckauf: “Hay que meter bala”. Que lo pone a Rico al frente de la Policía Bonaerense. Todo esto no sirve para hacer un país.

(*) José Pablo Feinmann – Peronismo. 11. Discurso en la Bolsa de Comercio. Filosofía política de una obstinación argentina. Página 1/2 (Argentina, 2008)


JAKE SHIMABUKURO – BOHEMIAN RHAPSODY


 EL CANTO DE LOS CRONOPIOS.

 Julio Cortazar en “Historia de Cronopios y de famas”

Imagen: http://gentedigital.es/
Imagen: http://gentedigital.es/

Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.

Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden a escucharlo aunque no comprenden mucho su arrebato y en general se muestran algo escandalizados. En medio del coro el cronopio levanta sus bracitos como si sostuviera el sol, como si el cielo fuera una bandeja y el sol la cabeza del Bautista, de modo que la canción del cronopio es Salomé desnuda danzando para los famas y las esperanzas que est n ahí boquiabiertos y preguntándose si el señor cura, si las conveniencias. Pero como en el fondo son buenos (los famas son buenos y las esperanzas bobas), acaban aplaudiendo al cronopio, que se recobra sobresaltado, mira en torno y se pone también a aplaudir, pobrecito.


Les trois sphinx de bikini

Las tres esfinges de bikini 
Salvador Dalí, 1947. Private Collection, Geneva.

Imagen: framingpainting.com
Imagen: framingpainting.com

<<…el que yo no sepa cual es el significado de mi arte, no significa que no lo tenga…>>


ARBOLITO – SAYA DEL YUYO


Las trece colonias y la importancia de no nacer importante.

Eduardo Galeano(1971) en “Las venas abiertas de América Latina”.

Imagen: 1850.tv
Imagen: 1850.tv

La apropiación privada de la tierra siempre se anticipó, en América Latina, a su cultivo útil. Los rasgos más retrógrados del sistema de tenencia actualmente vigente no provienen de las crisis, sino que han nacido durante los períodos de mayor prosperidad; a la inversa, los períodos de depresión económica han apaciguado la voracidad de los latifundistas por la conquista de nuevas extensiones. En Brasil, por ejemplo, la decadencia del azúcar y la virtual desaparición del oro y los diamantes hicieron posible, entre 1820 y 1850, una legislación que aseguraba la propiedad de la tierra a quien la ocupara y la hiciera producir. En 1850 el ascenso del café como nuevo «producto rey» determinó la sanción de la Ley de Tierras, cocinada según el paladar de los políticos y los militares del régimen oligárquico, para negar la propiedad de la tierra a quienes la trabajaban, a medida que se iban abriendo, hacia el sur y hacia el oeste, los gigantescos espacios interiores del país. Esta ley «fue reforzada y ratificada desde entonces por una copiosísima legislación, que establecía compra como única forma de acceso a la tierra y creaba un sistema notarial de registro que haría casi impracticable que un labrador pudiera legalizar su posesión…»

La legislación norteamericana de la misma época se propuso el objetivo opuesto, para promover colonización interna de los Estados Unidos. Crujían las carretas de los pioneros que iban extendiendo frontera, a costa de las matanzas de los indígenas, hacia las tierras vírgenes del oeste: la Ley Lincoln de 1862, el Homested Act, aseguraba a cada familia la propiedad de lotes de 65 hectáreas.

Cada beneficiario se comprometía a cultivar su parcela por un período no menor de cinco años1. El dominio público se colonizó con rapidez asombrosa; la población aumentaba y se propagaba como una enorme mancha de aceite sobre el mapa. La tierra accesible, fértil y casi gratuita, atraía a los campesinos europeos, con un imán irresistible: cruzaban el océano y también los Apalaches rumbo a las praderas abiertas. Fueron granjeros libres, así, quienes ocuparon los nuevos territorios del centro y del oeste. Mientras el país crecía en superficie y en población, se creaban fuentes de trabajo agrícola y al mismo tiempo se generaba un mercado interno con gran poder adquisitivo, la enorme masa de los granjeros propietarios para sustentar la pujanza del desarrollo industrial.

En cambio, los trabajadores rurales que, desde hace más de un siglo, han movilizado con ímpetu la frontera interior de Brasil, no han sido ni son familias de campesinos libres en busca de un trozo de tierra propia, como observa Ribeiro, sino braceros contratados para servir a los latifundistas que previamente han tomado posesión de los grandes espacios vacíos. Los desiertos interiores nunca fueron accesibles, como no fuera de esta manera, a la población rural. En provecho ajeno, los obreros han ido abriendo el país, a golpes de machete, a través de la selva. La colonización resulta una simple extensión del área latifundista. Entre 1950 y 1960, 65 latifundios brasileños absorbieron la cuarta parte de las nuevas tierras incorporadas a la agricultura.

Estos dos opuestos sistemas de colonización interior muestran una de las diferencias más importantes entre los modelos de desarrollo de los Estados Unidos y de América Latina. ¿Por qué el norte es rico y el sur pobre? El río Bravo señala mucho más que una frontera geográfica. El hondo desequilibrio de nuestros días, que parece confirmar la profecía de Hegel sobre la inevitable guerra entre una y otra América, ¿nació de la expansión imperialista de los Estados Unidos o tiene raíces más antiguas? En realidad, al norte y al sur se habían generado, ya en la matriz colonial, sociedades muy poco parecidas y al servicio de fines que no eran los mismos despliegan en vano la imaginación en el afán de encontrar identidades entre los procesos históricos del norte y del sur. Los peregrinos del Mayflower no atravesaron el mar para conquistar tesoros legendarios ni para explotar la mano de obra indígena escasa en el norte, sino para establecerse con sus familias y reproducir, en el Nuevo Mundo, el sistema de vida y de trabajo que practicaban en Europa. No eran soldados de fortuna, sino pioneros; no venían a conquistar, sino a colonizar: fundaron «colonias de poblamiento». Es cierto que el proceso posterior desarrolló, al sur de la bahía de Delaware, una economía de plantaciones esclavistas semejante a la que surgió en América Latina, pero con la diferencia de que en Estados Unidos el centro de gravedad estuvo desde el principio radicado en las granjas y los talleres de Nueva Inglaterra, de donde saldrían los ejércitos vencedores de la Guerra de Secesión en el siglo XIX. Los colonos de Nueva Inglaterra, núcleo original de la civilización norteamericana, no actuaron nunca como agentes coloniales de la acumulación capitalista europea; desde el principio, vivieron al servicio de su propio desarrollo y del desarrollo de su tierra nueva. Las trece colonias del norte sirvieron de desembocadura al ejército de campesinos y  artesanos europeos que el desarrollo metropolitano iba lanzando fuera del mercado de trabajo. Trabajadores libres formaron la base de aquella nueva sociedad de este lado del mar.

España y Portugal contaron, en cambio, con una gran abundancia de mano de obra servil en América Latina. A la esclavitud de los indígenas sucedió el trasplante en masa de los esclavos africanos. A lo largo de los siglos, hubo siempre una legión enorme de campesinos desocupados disponibles para ser trasladados a los centros de producción: las zonas florecientes coexistieron siempre con las decadentes, al ritmo de los auges y las caídas de las exportaciones de metales preciosos o azúcar, y las zonas de decadencia surtían de mano de obra a las zonas florecientes. Esta estructura persiste hasta nuestros días, y también en la actualidad implica un bajo nivel de salarios, por la presión que los desocupados ejercen sobre el mercado de trabajo, y frustra el crecimiento del mercado interno de consumo. Pero además, a diferencia de los puritanos del norte, las clases dominantes de la sociedad colonial latinoamericana no se orientaron jamás al desarrollo económico interno. Sus beneficios provenían de fuera; estaban más vinculados al mercado extranjero que a la propia comarca. Terratenientes y mineros y mercaderes habían nacido para cumplir esa función: abastecer a Europa de oro, plata y alimentos. Los caminos trasladaban la carga en un solo sentido: hacia el puerto y los mercados de ultramar. Ésta es también la clave que explica la expansión de los Estados Unidos como unidad nacional y la fractura de América Latina: nuestros centros de producción no estaban conectados entre sí, sino que formaban un abanico con el vértice muy lejos.

Las trece colonias del norte tuvieron, bien pudiera decirse, la dicha de la desgracia. Su experiencia histórica mostró la tremenda importancia de no nacer importante. Porque al norte de América no había oro ni había plata, ni civilizaciones indígenas con densas concentraciones de población ya organizada para el trabajo, ni suelos tropicales de fertilidad fabulosa en la franja costera que los peregrinos ingleses colonizaron. La naturaleza se había mostrado avara, y también la historia: faltaban los metales y la mano de obra esclava para arrancar los metales del vientre de la tierra. Fue una suerte. Por lo demás, desde Maryland hasta Nueva Escocia, pasando por Nueva Inglaterra, las colonias del norte producían, en virtud del clima y por las características de los suelos, exactamente lo mismo que la agricultura británica, es decir, que no ofrecían a la metrópoli, como advierte Bagú1, una producción complementaria.

Muy distinta era la situación de las Antillas y de las colonias ibéricas de tierra firme. De las tierras tropicales brotaban el azúcar, el tabaco, el algodón, el añil, la trementina; una pequeña isla del Caribe resultaba más importante para Inglaterra, desde el punto de vista económico, que las trece colonias matrices de los Estados Unidos.

Estas circunstancias explican el ascenso y la consolidación de los Estados Unidos, como un sistema económicamente autónomo, que no drenaba hacia fuera la riqueza generada en su seno. Eran muy flojos los lazos que ataban la colonia a la metrópoli; en Barbados o Jamaica, en cambio, sólo se reinvertían los capitales indispensables para reponer los esclavos a medida que se iban gastando. No fueron factores raciales, como se ve, los que decidieron el desarrollo de unos y el subdesarrollo de otros: las islas británicas de las Antillas no tenían nada de españolas ni de portuguesas. La verdad es que la insignificancia económica de las trece colonias permitió la temprana diversificación de sus exportaciones y alumbró el impetuoso desarrollo de las manufacturas. La industrialización norteamericana contó, desde antes de la independencia, con estímulos y protecciones oficiales. Inglaterra se mostraba tolerante, al mismo tiempo que prohibía estrictamente que sus islas antillanas fabricaran siquiera un alfiler.


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