Debate y democracia en Argentina: víctimas del discurso de odio

Debatir,exponer ideas contrapuestas,pensar distinto y expresarlo es lo que permite que una democracia se sustente en el tiempo. Pero ¿Qué sucede cuando de manera deliberada, se impone un discurso de odio? ¿cuándo desde los medios de comunicación, el poder histórico, la justicia e -incluso- los intelectuales, se difunde un discurso que fomenta las divisiones irracionales? En ese momento, se repite la historia. En ese momento se llega a un continente y una Argentina, muy similar a la de hoy.

Sólo cabe destacar que Argentina en los últimos 200 años, sólo tuvo menos de 50 años de vida democrática y dichos lapsos siempre se vieron interrumpidos hasta 1983, cuando finalmente se dijo: “Nunca Más”.

Sin embargo, esas divisiones que más que éticas, morales,políticas y/o religiosas, responden más a intereses más particulares de quienes construyen discursos para manipular a las masas,llevan a que en la actualidad tanto la sociedad como los distinto grupos sociales, se fragmenten otra vez.

Desde la implantación de “la grieta” a la puesta en escena de debates que generan posturas antagónicas como la despenalización del aborto, la separación de la Iglesia, la despenalización de las drogas (todos debates necesarios para una sociedad democrática progresista) y la portación de armas; lo que en realidad se hace, es poner esos temas para dividir más que debatir.Es que cuando se debate, las partes han de escuchar los argumentos de los opuestos o contrincantes; sin embargo, en esta construcción de un “discurso de odio”, lo que realmente se busca es manipular de manera indiscriminada las emociones de los ciudadanos para enfrentarlos y con ello mantenerlos ajenos a las situaciones que realmente demandan la actitud proactiva de los argentinos.

Mientras los argentinos discutíamos irracionalmente sobre el aborto, desde el Estado – por ejemplo- se realizaba el mayor endeudamiento de la historia del país con el FMI, agencia internacional que -no casualmente- estuvo presente durante los procesos autoritarios del país desde 1955 a 1983.

Mientras se realizaba el pacto de usura que condena al país al endeudamiento, los ciudadanos discutían una ley que nunca se pensó aprobar. Tenía otra finalidad.

Allí reside la política imperante. En difundir y sustentar discursos que dividan. Desde la intervención ilegal del PJ a las proclamaciones de Patricia Bullrich en evidente estado ebriedad sobre la operación de armas civiles, pasando por las opiniones de Javier Milei y las puestas en escena de Alfredo Olmedo. Su versión más actual, el efecto Bolsonaro.

Mientras los argentinos y latinoamericanos sigamos sumergidos en este letargo de irracionalidad, viviremos cada finde semana lo que en breve acontecerá: un eterno River-Boca. Uno donde todos pierden porque la finalidad es otra.

Dos ejemplos del Maquiavelo que le ganó a la posverdad


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Escrito con el mismo crayón con que analizan la sociedad

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