Los hijos de nuestros hermanos

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Pensando en la juventud, me encontré con un conflicto argentino: el de la herencia generacional. Pensemos cómo vamos gestando un país en el paso del tiempo.

Nuestro país sabe de las crisis y no escatima en experiencia. Sabe lo que es que -de un día para el otro- todo lo que parecía macizo, se vuelva inestable, inoportuno y fastidioso. Por siempre que se habla de crisis, de corridas especulativas. De repente, el país especula. Y lo hace en lo político, en lo económico y tantos otros sectores. Pero no es un hecho del presente, ni completa responsabilidad del pasado. Es un proyecto mal germinado que no se modifica en el presente de forma acabada por sus largas raíces. Como bien decía Galeano, somos hijos de un continente saqueado, de un plan sin plan, de un pasado con muchos procesos sin patria.

Los padres de nuestros padres. Los hijos de nuestros padres.


Esos padres de nuestros padres,  son los que dieron vida a los llamados “Hijo de la dictadura”. Aquellos que nacieron entre 1970 y 1985.  Los de una infancia en un país oscuro, donde
pensar era un delito y expresarse un pecado. Donde una idea podía costarte la vida y el silencio se hacia una opción cómoda para sobrevivir. La complicidad, un mecanismo nativo de la ascendencia social.Los padres de nuestros padres, fueron hijos de los gestores de una democracia débil que se tornaba en vida, allá por los principios del siglo XX. Nuestros abuelos rodeados de golpes de estados, costumbres y estructuras rígidas. Instruidos con pocas ideas democráticas. Ellos fueron los que educaron a nuestros padres. Padres que crecieron  en democracias dictatoriales o semi-democracias y nefastos gobiernos “de facto”. El Estado utilizando mecanismo de adoctrinamiento. La economía como un tema extranjero, ajeno a la industria nacional. La educación y cultura como un argumento secundario.  La televisión, la cortina de hierro que mantenía pocos ojos abiertos. Víctimas de una sumisión obligada, del miedo. De un bombardeo que respondían a lo ajeno. Ideas duras que se metieron en todos los ámbitos que atravesaban la vida de cotidiana. Pensadores que al hablar de ello eran perseguidos. El argentino como zoncera. Un ser secundario. Un nacionalismo sin lo nacional. Una bandera sin el viento donde flamear.

Ello no implica que nuestros padres sean dictadores, pero si su educación. Su entorno. Las reglas del juego impuestas. La cual no solo era carente de libertad, sino de la reflexión necesaria para modificarla realidad. Esos padres nos gobernaron durante las décadas del ´80 y ´90. Padres de nuestros hermanos de entre 35 y 45 años. Hermanos que hoy comienzan a perfilarse como los gobernantes de este país.

Son obreros, empresarios,  artistas, educadores, políticos.  Son los que están dentro del llamado “punto álgido de una carrera profesional”, al menos para la sistematización del juego vigente. Son trabajadores de la democracia, pero educados con las mismas reglas que sus abuelos. Con la educación que sus padres recibieron y a ellos brindaron. Quizás sin intención, pues no es un proceso consciente, es tan solo la herencia cultural de nuestra historia. La herencia de un proyecto que buscaba ser mal gestado de raíz, por las mismas personas que hoy nos agobian desde juzgados frívolos y de justicia ajena.

Muchos tienen miedo y no toman decisiones por el miedo a un pasado que parece no estar, pero sigue latente en el inconsciente colectivo. Es cierto, mucho ha cambiado. Tenemos otro país, pero ello no implica que muchos aun no sientan ese miedo.

Esos hermanos hoy tienen hijos. Hijos de entre 8 y 18 años. Son los hijos de la necesaria libertad que sus padres le brindaron; hijos de la emancipación de las ideas. Hijos de la “Era del fluir”, “del experimentar”, de la democrática. Pero también de los peligros y los errores de una sociedad que recién comienza gestarse en una vida realmente democrática. Muchos hablan de la “pérdida de valores éticos y morales que contribuyen al desarrollo de una sociedad”[1]. Aunque es un proceso muy complejo para designar todo en blancos y negros. Aunque muchos siguen jugando ese juego, cabe resaltar: también hay grises. Ni hablar de amarillos, de rojos, azules y una infinidad de colores y gamas que -quizás- desconocemos aún. Probablemente, vivimos tiempos donde la moral y la ética se transforman para entender esta nueva sociedad.

La juventud: los tiempos que corren son producto de un pasado presente.

Esta nueva generación son los hijos de nuestros hermanos, los nietos de nuestros padres y bisnietos de nuestros abuelos. Una larga data para darle vida a la primera generación realmente democrática de nuestra historia. Casi 300 años sobre esta tierra, 200 años como Nación y recién en 1983, comenzó a comprenderse este modo de afrontar la realidad. Donde hay derechos, donde hay leyes, donde hay libertades; pero –también- donde hay responsabilidades y obligaciones. Esos hijos comprenden las libertades, pero les cuesta asimilar dichas responsabilidades y obligaciones. Y no es su culpa, es el precio histórico de vivir bajo el yugo del silencio, la censura y el miedo durante tanto tiempo. Quien calla tanto tiempo, cuando quiera gritar lo hará con todas sus fuerzas.

No son los H.I.J.O.S que todavía sueñan con encontrar aquellas abuelas de las madres que hoy reivindican nuestra democracia. Que la hacen más fuerte. Son los hijos de las leyes, donde la identidad es un derecho, donde la inclusión y la educación tienen espacio real. Donde “ser un individuo” genera tanta responsabilidad como ser una sociedad.

Fuentes Inspiradoras:

Eduardo Galeano (1970). Las venas abiertas de Latinoamérica. Introducción: Ciento veinte millones de niños en el centro de la tormenta.

Eduardo Galeano (1970). Las venas abiertas de Latinoamérica. Las trece colonias del norte y la importancia de no nacer importante.

[1] Palabras de un anciano enojado a un joven que solo iba a trabajar.

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